Los nudistas de 1810

FUENTE: Radio Mitre, 02/02/2017

por Federico Andahazi

El escritor, columnista de Le doy mi palabra, habló esta tarde sobre la práctica del nudismo en la historia de la Ciudad de Buenos Aires.

Federico Andahazi: “Lo que hoy se presenta como una excentricidad venida de Europa, en nuestras playas fue una práctica tan extendida como frecuente. Quienes se mostraban escandalizados eran, paradójicamente, los visitantes europeos”

Federico Andahazi
Alfredo (Leuco), siempre digo que todas las polémicas, los escándalos y las discusiones que nos ocupan parece que ocurrieran por primera vez. Y, por supuesto, cuando las discusiones son sobre temas tan importantes, como vos acabás de recordar y poner a la luz, como el tema Zaffaroni y su participación en las dictadiras, no sólo la del 1976, me parece no sólo necesario sino imprescindible.

El problema es que a veces discutimos por tonterías tan grandes que después nos olvidamos por qué nos habíamos peleado.

En este mismo programa debatimos entre nosotros el tema de las chicas que decidieron hacer topless en una playa pública de Necochea. No digo que nos rasgamos las vestiduras porque quedaríamos igual que las chicas y perderíamos autoridad para hablar del tema, digo, sin vestiduras. Pero, bueno, el caso es que se armó una gran polémica y hasta vamos a tener un tetazo del que creo, van a participar algunos sectores de kirchnerismo encabezados por José pablo Feinmann. Y creo haber escuchado que en representación de la radio va ir el enemigo de mi querido Marcelo Longobardo, Martín Tetáz. Sólo para fastidiar a Longo, obviamente.

El caso, Alfredo, es que esta misma discusión ya la tuvimos. No en 2010 ni en 1910, sino en el año 1810!!!, antes de la Independencia.

Durante mucho tiempo y aunque hoy pueda parecer extraño, Buenos Aires era una ciudad con una extensa y muy concurrida playa. Pero además, gran parte de los numerosos bañistas que se acercaban a refrescarse en las aguas del oceánico río de la Plata hacia comienzos de 1800, practicaba… el nudismo.

Lo que hoy se presenta como una excentricidad venida de Europa, en nuestras playas fue una práctica tan extendida como frecuente. Quienes se mostraban escandalizados eran, paradójicamente, los visitantes europeos.

El cronista inglés Thomas George Love, sorprendido por estas costumbres “alejadas del pudor”, escribió:

“A pesar de la falta de casillas para cambiarse, las damas se quitan y ponen la ropa frente a los ojos extasiados que las miran como si se tratara de un grupo de sirenas a las cuales sólo faltara el peine y el espejo para ser perfectas”.

Alfredo, si revisamos la normativa vigente por aquellos días descubrimos que el nudismo era un hábito que se pretendía erradicar. Hacia fines de la época colonial y comienzos del período revolucionario (insisto, estamos hablando del 1800), las ordenanzas policiales impedían que los bañistas de distinto sexo compartieran las mismas playas. En 1830 las autoridades revalidaron una disposición del año 1822 que separaba a los hombres de las mujeres: los varones debían permanecer “desde la izquierda del muelle hasta la Recoleta”, mientras que las mujeres y los menores de siete años no podían ir más allá del límite establecido “desde la derecha del muelle hasta la Recoleta”.

Investigando en la legislación de la época, encontramos otra ordenanza policial que multaba “al individuo que no entre al río a bañarse con un traje bastante cubierto de la cintura abajo a cualquier hora que sea”.

Sin embargo, John Beaumont, otro viajero inglés, pudo comprobar con asombro que:

“Los jóvenes de ambos sexos, en general se bañan nudo corpore y chapotean en el agua como otras tantas Venus de bronce con sus correspondientes cupidos”.

A diferencia de lo que sostenían varias crónicas acerca de la “composición social baja” de los nudistas del Río de la Plata, Beaumont escribió:

“Las mujeres de la mejor clase se bañan con vestidos sueltos bajo los cuales antes de entrar al agua se despojan de sus trajes de calle que dejan a cargo de una esclava”.

Examinando la normativa se puede comprobar que algunas cosas permanecieron invariables a través del tiempo: por ejemplo: el escaso apego a la ley por parte de la población y la tendencia a los negociados espurios por parte de los funcionarios. Por obra y gracia de un decreto, el ministro Agüero otorgó una licitación a cierta compañía francesa para:

“…establecer en el Bajo a la orilla del Río, desde el Retiro hasta la Aduana, habitaciones portátiles construidas de madera forrada de lienzo con la separación necesaria para impedir la menor comunicación entre los dos sexos”.

El negocio se hizo, pero… pero… la obra no. De manera que hombres y mujeres siguieron mezclándose desnudos en las alegres playas junto al río.

Los ingleses fueron excelentes cronistas y, de hecho, dejaron las mejores aguafuertes de la Buenos Aires colonial. Un artículo del British Packet deja constancia de cuán alborozada y colorida era la vida de los porteños.

A diferencia de los flemáticos londinenses, los habitantes de Buenos Aires no se preocupaban por las formas y, de hecho, andaban por las calles a medio vestir cantando y bailando rumbo a la playa. Veamos un fragmento de la nota:

“…me crucé con un grupo de bañistas en el centro de la ciudad que caminaban en doble fila hacia el río vestidos con sus trajes de baño y precedidos por un individuo que llevaba una lámpara y otro tocando la guitarra; ambos en traje de baño”.

Así que como vez, Alfredo, la historia es una rueda y los temas, aunque parezcan nuevos, siempre se repiten. Y este, en particular, es un tema del que los argentinos algo sabemos porque desde hace muchísimo años, gobierno tras gobierno, nos vienen dejando en bolas.

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